Los 26 mártires de Nagasaki

Comúnmente reconocemos la labor cristiana de los misioneros cristianos en América, pues desde el momento en el cual pone un pie en La Española, comienzan la labor de cristianizar al buen salvaje. Sin embargo, América no fue el único foco de interés para los católicos europeos, ya que la idea del cristianismo era universal, y por ello la palabra de Dios debía de llegar a todos los rincones del  laneta. Esto incluía el lejano oriente, cuyos lazos con Europa habían sido mínimos desde la Edad Antigua.

Sin embargo, mientras que la labor cristianizadora en América fue llevada a cabo con gran éxito y fue crucial para el devenir del nuevo continente, no ocurrió lo mismo con Asia, donde el cristianismo tuvo bastantes más dificultades para asentarse en una tierra milenaria con una idiosincrasia radicalmente diferente a la del viejo mundo occidental.

Mártires cristianos de Nagasaki (Desconocido, circa siglo XVII)

Para comprender esto, es necesario contextualizar. La Historia de Japón se caracteriza, ante todo, por su aislacionismo. Desde el siglo VI el budismo había comenzado a expandirse por Japón. A su vez, el siglo XVI japonés se conoce como el Sengoku jidai, “la era de los estados en guerra”, una especie de conflicto civil que nació a raíz de que el shogun, el “máximo líder militar”, fuese incapaz de mantener bajo control a los múltiples daimyo, “señores feudales”. La autoridad del emperador y del shogunato fue destruida y la búsqueda de poder por los distintos señores sembró el caos y Japón se dividió en varios estados pseudo-independientes.

A su vez, en este momento es cuando comienzan a llegar los primeros misioneros católicos a Japón, principalmente jesuitas portugueses y dominicos y franciscanos españoles. El periodo de crisis hizo que muchos encontrasen las ideas católicas atractivas, y para finales del siglo XVI había más de 300.000 católicos convertidos en Japón.

En plena guerra civil la religión era una herramienta bélica más. Las sectas budistas controlaban grandes extensiones de tierra e incluso contaban con un importante poder militar, lo que hacía que muchos señores ofreciesen les ofreciesen beneficios para ganarse su apoyo. Sin embargo, la llegada de los misioneros católicos introdujo una herramienta bélica imprevista. La misión cristianizadora era directamente impulsada por los monarcas españoles y portugueses, con lo cual el señor feudal que permitiese la labor misionera se podría beneficiar de las rutas comerciales llegadas desde el viejo mundo, entre las cuales se incluía desde víveres a nueva tecnología militar, algo crucial en plena guerra.

Uno de los daimyos más poderosos del momento era Oda Nobunaga, quien había dirigido una política para acabar con el poder de las sectas budistas en sus territorios. Nobunaga vio con buenos ojos las intenciones de los misioneros católicos y permitió su predicación. Durante los años en los cuales Obunaga dirigió la unificación de Japón, la misión cristianizadora prosperó en Japón.

Sin embargo, Obunaga muere en 1582 y le sucede como principal daimyo Toyotomi Hideyoshi. Este tenía unas ideas más conservadoras respecto a la influencia de potencias extranjeras en Japón y en 1587 promulgó la prohibición del cristianismo en Japón, con el objetivo de ganarse el apoyo de las sectas budistas.

El punto álgido de la represión nipona al cristianismo se dio en Febrero de 1597, cuando 26 cristianos fueron crucificados en Nagasaki, a raíz de que su navío encallase en la costa sur de Japón. Entre los martirizados se encontraban misioneros europeos y provenientes de las colonias portuguesas en India y de Nueva España, pero la mayoría eran cristianos japoneses.


Bibliografía:

GUTIÉRREZ NORDELO, Saúl. (2016). Cristianismo ciego, nación dormida: Usos socio-políticos del cristianismo en el Japón del siglo XVI a través de la experiencia de Oda Nobunaga.
HECKMANN, Ferdinand. (1911). Sts. Peter Baptist and his Twenty-Five Companions. 
YUKI, Diego R. (2014). La colina de los mártires, Nagasaki.

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